Tragedias en la carretera: dos relatos desgarradores de pérdida y lucha
Perder a un familiar en un accidente es una de las experiencias más traumáticas de la vida, pero las piruetas del destino pueden ser tan perversas que todavía pueden añadir un extra de dolor a esa situación. El día 24 de diciembre de 2022, María Eugenia Rayo conducía su Seat Córdoba de camino a Valdestillas para celebrar la cena de Navidad con su familia. A su lado, de copiloto, su marido, Julio del Val.
A mitad de camino y ya con la noche cerrada, un coche se abalanzó contra ellos sin que casi tuvieran tiempo de pestañear. «De repente, una luz y… ¡pum!», es lo que alcanza a recordar una y otra vez. Demasiadas veces. Pero hay imágenes que son imposibles de sacar de la cabeza.
El golpe frontolateral no hizo que María Eugenia perdiera el conocimiento, aunque sí que quedó atrapada en el coche fuera de la carretera. «Lo que hice fue llamar a mi marido, pero al ver que el cuerpo quedó caído hacía un lado, me di cuenta de que estaba muerto», explica. Gracias a la ayuda de una persona, y todavía desde dentro del vehículo, pudo telefonear a su hija, que había pasado con su coche solo diez minutos antes por ese punto. Y también desde dentro del vehículo escuchó a los servicios de emergencia hablar entre sí para que la hija no saliera del vehículo al llegar para no ver a su padre muerto y a su madre «muy mal».
Para sacarla del coche tuvieron que intervenir los Bomberos y poco más recuerda de ese día. Unas luces cuando entraba en la ambulancia y fundido a negro pocos segundos después de ser sedada.
Se despertó al día siguiente y le confirmaron la fatal noticia. Y ahí empezó el vacío, la angustia y la tristeza. Todo lo tuvo que soportar durante los seis meses que estuvo en la cama del hospital, cuatro de ellos prácticamente inmovilizada, y con tres operaciones en ese periodo. Demasiado tiempo para darle vueltas a la cabeza y para pensar cómo hubiera sido todo si esa noche no hubieran hecho ese trayecto.
María Eugenia ha conseguido convivir con la rabia. «Yo iba bien, a 62 kilómetros por hora en una carretera de 70, pero la que nos embistió iba un poco más deprisa», señala. «Hay que respetar las normas, la gente tiene que concienciarse de que un coche es una máquina de matar… en una décima de segundo se me fue la vida de mi marido», lamenta. Para ayudar a esta labor de concienciación, María Eugenia ha dado un paso al frente y se ha convertido en la delegada en Castilla y León de Stop Accidentes.
El 12 de septiembre de 2018, a las 22.00 horas, María Azucena Pérez estaba en casa esperando a que su marido llegase de trabajar. Solía ser puntual, por lo que le extrañó que tardase un poco más. «Como jugaba la selección española, pensé que se había quedado por ahí viendo el partido», asegura.
Pero al terminar el encuentro, seguía sin llegar y, justo en ese momento, Azucena recibió la llamada que nadie quiere recibir: «Hola, llamamos de la Policía Municipal, ¿es usted la mujer de José Enrique Zorita?». Con el primer latigazo de los nervios, acertó a decir un tímido ‘sí’. «Su marido ha tenido un accidente y le están trasladando al Clínico, sería conveniente que fuera para allá», dijo el agente que, a continuación, se ofreció a ir a buscarla para llevarla. Y así lo hicieron dos policías en un coche.
Durante el trayecto, ambos avisaron a Azucena de que su marido estaba grave. Pero ella ya intuía que la situación era más trágica, que ellos lo sabían, y que solo estaban intentando ‘amortiguar’ el golpe. «Estoy convencida porque les llamaron por la radio y lo primero que les preguntaron es si yo estaba en el coche, para no hablar, ahí ya pensé lo peor».
Sus malos presagios se confirmaron nada más llegar. «Me metieron en una sala y me dijeron todo lo que había pasado», recuerda. Y lo que había pasado era que su marido estaba parado con su moto en un semáforo en rojo y un coche se le llevó por delante en el cruce de la VA-20 con la avenida de Santander, en el acceso a San Pedro Regalado. Murió en el acto: «Es un golpe que te parte la vida, el alma, te parte todo».
Por entonces ella tenía 42 años y su marido, 47, y ambos tenían una hija de diez y un hijo de cinco. Nada ha vuelto a ser lo mismo desde entonces. Azucena ha seguido adelante con ayuda psicológica. Ahora es incapaz de agarrar un volante. «Me agarroto», dice. Y cuando va de copiloto, no puede evitar pedir al conductor que extreme las precauciones cuando ve una moto. Es algo mecánico.
En estos siete años solo ha visto una vez al conductor del coche que arrolló a su marido. Una «persona mayor» que, según declaró, se despistó porque volvía de estar en la huerta y llegaba tarde a casa. «Durante el juicio estuvo todo el rato con la cabeza agachada, mirando al suelo», dice. Finalmente fue condenado a dos años de prisión y cuatro de retirada del carné, pero, como no tenía antecedentes, no entró en la cárcel. «Lo único que quiero es que no conduzca más para que no haga lo mismo a otras personas», finaliza Azucena.
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